Diario de Zürich (Javier Marías, 1997)

12 Septiembre, 2006 Publicado por alex

Lo más desazonante de acabar una novela es, con todo, la idea de clausurar un mundo más o menos ficticio que uno ha mantenido abierto durante meses o años, y en el que ha pasado parte de cada día de un muy largo tiempo. En las jornadas siguientes hay una sensación de despedida y también de no pisar ya terreno firme. Uno ve la máquina y siente el impulso de ir hacia ella, hasta que en seguida se acuerda de que ya no lo llama. En realidad no suele haber ningún motivo demasiado poderoso para cerrar una novela ni un mundo, seguramente es sólo el cansancio. Todo podría continuar, y la prueba es que aquellos autores que lo permitieron, como Conan Doyle con su universo de Sherlock Holmes, hubieron de matar al personaje para poder detenerse y salir del encantamiento. Otro tanto podría haber sucedido con Don Quijote, cuyas aventuras y voluntaria locura no tenían un fin obligado, si acaso el del propio Cervantes o el de sus lectores. Y sin embargo lo natural es cerrar, y uno sabe entonces que lo probable será no volver a encontrarse con las criaturas de papel y tinta que lo acompañaron durante tanto tiempo, ni proseguir su historia. Pero todavía hay algo más raro al término; la repentina conciencia de que lo que aún era secreto y sólo proyecto hasta hace bien poco, vaya a ser compartido muy pronto por cualquier con treinta francos en el bolsillo.

Lo anterior es parte de la entrada correspondiente al 3 de marzo de 1997 del “Diario de Zürich”, publicado por Javier Marías durante varios meses en la publicación alemana “Weltwoche”.
La versión castellana se encuentra incluida en el volumen “El pensamiento literario de Javier Marías”.

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