Cons-ciencia ficción (John Inglewood, 1973)
2 Febrero, 2006 Publicado por alex
[…] dicho universo es de naturaleza complemente digital, discreta, compartiendo con el nuestro únicamente su carácter tetradimensional
El espacio no es sino una retícula infinita de celdas que pueden estar ocupadas, o no, por “materia” (¿es esa la palabra, o debería utilizar “energía”?), por algo a lo que llamaremos por mera convención “átomo”, caracterizado tan sólo por su presencia o su ausencia, un “0” ó un “1”, sin niveles continuos ni ninguna otra propiedad o atributo.
Pero no sólo el espacio es discreto, el tiempo también lo es. Los cambios en la retícula se producen a intervalos regulares, siguiendo los pulsos de un reloj único, inexistente pero omnipresente, simultáneamente en todas las celdas del espacio, pudiendo estas mutar su estado y ocuparse o desocuparse en función de las adyacentes.
[…] Lo más sorprendente es que, aparentemente, pese a lo restrictivo de las leyes que dominan dicho universo, a su naturaleza completamente determinista, existen lo que parecen ser seres vivos (compuestos, eso sí, por cientos de miles de millones de partículas) no muy distintos morfológicamente de los ya conocidos en los distintos planetas habitados que hemos descubierto y estudiado. Es más, dichos seres presentan un comportamiento que parece denotar consciencia y raciocinio, sentimientos y sensaciones.
Puede sonar a locura, pero es como un gigantesco “juego de la vida” a escala universal, del que surge una complejidad no esperada, y a la que sólo puedo etiquetar, pese a las descalificaciones que seguro que me esperan por afirmarlo, como “vida”.
[…] Todo esto, evidentemente, no son más que suposiciones, pues no es posible para nosotros acceder a dicho universo y experimentarlo directamente, medirlo y estudiarlo, dadas las insalvables diferencias entre las leyes físicas que lo regulan y aquellas que son la base de nuestro organismo (no me preguntéis cómo he conseguido la información en la que me baso para escribir este informe, algunas cosas es mejor ocultarlas). Además, y esto es ya una impresión personal, pura intuición, creo que desde dentro del mismo tampoco podríamos estudiarlo en detalle, no podríamos elevarnos para mirar sus leyes por encima y llegar a comprenderlas, nos faltaría perspectiva,… Supongo, y pido perdón por adelantado por el atrevimiento, que en este universo el conocimiento estaría limitado por un equivalente al teorema de Gödel.
[…] sólo queda la más importante de las preguntas, para la que no me atrevo a establecer ninguna hipótesis preferida: ¿cómo surgieron las reglas que dictan la evolución de la retícula y, lo más importante, su configuración inicial, la distribución primigenia de partículas que determina de forma absoluta todo el comportamiento futuro? ¿fue el azar o la necesidad, o acaso es necesario desempolvar la, ya casi olvidada, excepto para historiadores, palabra “Dios”?
Este fragmento pertenece al relato “Juego de la vida”, extraído del volumen coral “101 relatos de fantasía y ciencia ficción”, un volumen pulp de serie B pero delicioso por su ingenuidad, publicado en 1975 por la editorial “Red de papel” (Barcelona) y traducido por Marta Carreño.
Se puede leer más sobre el “juego de la vida” (el juego matemático, no el relato homónimo del que incluyo un fragmento) en este artículo de la Wikipedia.