Mensajes archivados en 'Libros'

Diario de Zürich (Javier Marías, 1997)

Lo más desazonante de acabar una novela es, con todo, la idea de clausurar un mundo más o menos ficticio que uno ha mantenido abierto durante meses o años, y en el que ha pasado parte de cada día de un muy largo tiempo. En las jornadas siguientes hay una sensación de despedida y también de no pisar ya terreno firme. Uno ve la máquina y siente el impulso de ir hacia ella, hasta que en seguida se acuerda de que ya no lo llama. En realidad no suele haber ningún motivo demasiado poderoso para cerrar una novela ni un mundo, seguramente es sólo el cansancio. Todo podría continuar, y la prueba es que aquellos autores que lo permitieron, como Conan Doyle con su universo de Sherlock Holmes, hubieron de matar al personaje para poder detenerse y salir del encantamiento. Otro tanto podría haber sucedido con Don Quijote, cuyas aventuras y voluntaria locura no tenían un fin obligado, si acaso el del propio Cervantes o el de sus lectores. Y sin embargo lo natural es cerrar, y uno sabe entonces que lo probable será no volver a encontrarse con las criaturas de papel y tinta que lo acompañaron durante tanto tiempo, ni proseguir su historia. Pero todavía hay algo más raro al término; la repentina conciencia de que lo que aún era secreto y sólo proyecto hasta hace bien poco, vaya a ser compartido muy pronto por cualquier con treinta francos en el bolsillo.

Lo anterior es parte de la entrada correspondiente al 3 de marzo de 1997 del “Diario de Zürich”, publicado por Javier Marías durante varios meses en la publicación alemana “Weltwoche”.
La versión castellana se encuentra incluida en el volumen “El pensamiento literario de Javier Marías”.

12 Septiembre, 2006 Publicado por alex

Los propios Dioses (Isaac Asimov, 1972)

Siempre que nos fusionamos, siempre que el tríade se fusiona, nos transformamos en un Ser Duro. En el Ser Duro hay tres seres, lo cual hace que sea Duro. Durante el periodo de inconsciencia en la fusión, somos un Ser Duro. Pero es una cosa temporal, y después no podemos recordar aquel periodo. Nunca podemos continuar siendo un Ser Duro por mucho tiempo; tenemos que volver. Pero nunca dejamos de desarrollarnos, y este desarrollo tiene sus etapas bien marcadas. Cada niño que nace marca una etapa. Con el nacimiento del tercero, la Emocional, se presenta la posibilidad de la etapa final, cuando la mente del Racional, por sí misma, sin las otras dos, puede recordar estos fragmentos de existencia como Ser Duro. Entonces, y sólo entonces, puede conducir a una fusión perfecta que formará para siempre el Ser Duro, para que el tríade pueda vivir una existencia nueva y unificada de estudio e intelecto. Ya te dije que desaparecer era como nacer de nuevo. Entonces me imaginaba algo que no comprendía, pero ahora lo sé.

Más información sobre la novela “Los propios Dioses” en el siguiente artículo de la Wikipedia.

10 Septiembre, 2006 Publicado por alex

Diario para Eliza (Laurence Sterne)

Este diario, escrito bajo los nombres ficticios de Yorick y Draper –y en ocasiones de Bramin y Bramine- es, en realidad, una relación periódica de los amargos sentimientos de alguien separado de una dama por cuya compañía se consumía.
Los nombres verdaderos son extranjeros, y lo que se narra una copia de un manuscrito francés en posesión del Sr. S…, escrita tal y como se presenta, para ocultar la identidad de aquellos. Existe una contrapartida, que es la narración por parte de la dama de las acciones que sucedían diariamente y de los sentimientos que ocupaban su espíritu, durante esa separación de su admirador; vale la pena leerlos… El traductor no puede decir lo mismo de la de Yorick, que al parecer no tiene gran mérito, aparte de su sinceridad y honestidad.

8 Septiembre, 2006 Publicado por marta

La Cultura (Dietrich Schwanitz, 2003)

En la comunicación directa, la cita suele funcionar como una especie de guiño entre los hablantes: “Nosotros nos entendemos perfectamente, ¿verdad?”. Puede resultar muy molesto que alguien nos haga un guiño y que nosotros no sepamos qué nos quiere decir. Así nos sucede cuando tenemos la impresión de que alguien está citando, pero no sabemos exactamente qué. En esta situación es aconsejable que nos comportemos como cuando se nos hace un guiño: que sonriamos con complicidad y finjamos saber qué se nos quiere decir. En cualquier caso, lo que nunca hemos de hacer es asustarnos o pedir precipitadamente una explicación. Basta con que esperemos un poco, pues normalmente el propio desarrollo de la conversación se encargará de aclarar el asunto. Los sociólogos han acuñado un concepto para caracterizar este tipo de táctica: la denominan “el principio etcétera”. Este principio hace referencia a la capacidad que todos tenemos para tolerar cierto grado de incertidumbre en la comunicación, confiando en que pronto se aclarará todo. Este principio se considera un principio realista. En el ámbito de la cultura, la perfecta aplicación del principio etcétera requiere de una inmensa capacidad para tolerar la incertidumbre. Si el discurso cultural se presta tanto al engaño, es precisamente porque todos nosotros disponemos de tal capacidad para tolerar la incertidumbre. De esto se aprovechan especialmente los impostores y quienes gustan de tomar el pelo a los demás, de modo que cada cual puede inventar sus propias citas. Así: como dijo Goethe: “Mentes tan ingeniosas merecen ser recompensadas”. Nadie podrá demostrar inmediatamente que Goethe nunca dijo tal cosa, y sería absurdo abrir un debate imposible de zanjar.

Recomendado por José Javier Guillén.

6 Septiembre, 2006 Publicado por Una al día

Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes, 1615)

—Así es verdad —replicó don Quijote—, porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes; si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, este el mercader, aquel el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.

—Sí he visto —respondió Sancho.

—Pues lo mesmo —dijo don Quijote— acontece en la comedia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y finalmente todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.

—Brava comparación —dijo Sancho—, aunque no tan nueva, que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio, y en acabándose el juego todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.

—Cada día, Sancho —dijo don Quijote—, te vas haciendo menos simple y más discreto.

4 Septiembre, 2006 Publicado por alex

Pedro Páramo (Juan Rulfo, 1955)

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

2 Septiembre, 2006 Publicado por berta

El principito (Antoine de Saint-Exupery, 1943)

Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas, y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Asi fue cómo, a la edad de seis años abandoné una magnífica carrera de pintor. Había quedado desilusionado por el fracaso de mis dibujos número 1 y número 2.
Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.
Tuve, pues, que elegir otro oficio y aprendí a pilotar aviones. He volado un poco por todo el mundo y la geografía, en efecto, me ha servido de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si se pierde uno durante la noche.
A lo largo de mi vida he tenido multitud de contactos con multitud de gente seria. Viví mucho con personas grandes. Las he conocido muy de cerca; pero esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas.

2 comentarios 31 Agosto, 2006 Publicado por marta

Pelando la cebolla (Günter Grass, 2006)

Un fragmento de la polémica biografía (en traducción aún provisional, de Miguel Sáenz, adelantada por El País); sobre su pertenencia a las Waffen-SS:

[...] Había evasivas suficientes. Y, sin embargo, durante decenios me negué a admitir esa palabra y esas dos letras. Lo que había aceptado con el tonto orgullo de mis años jóvenes quise callarlo después de la guerra, por vergüenza siempre renovada. No obstante, la carga subsistía y nadie podía aligerarla.
Es verdad que durante mi adiestramiento en la lucha de tanques, que me embruteció durante el otoño y el invierno, no se supo nada de los crímenes de guerra que luego salieron a la luz, pero la afirmación de mi ignorancia no puede ocultar la conciencia de haber estado integrado en un sistema que planificó, organizó y llevó a cabo la aniquilación de millones de seres humanos. Aunque pudiera convencerme de no haber tenido una responsabilidad activa, siempre quedaba un resto, que hasta hoy no se ha borrado, que con demasiada frecuencia se llama responsabilidad compartida. Viviré con ella hasta el fin de mis días, eso es seguro.

29 Agosto, 2006 Publicado por berta

Mr. Vértigo (Paul Auster, 1994)

Yo tenía doce años la primera vez que anduve sobre el agua. El hombre vestido de negro me enseñó a hacerlo, y no voy a presumir de haber aprendido el truco de la noche a la mañana. El maestro Yehudi me encontró cuando yo tenía nueve años y era un huérfano que mendigaba monedas de cinco centavos por las calles de Sant Louis, y trabajó conmigo constantemente durante tres años antes de permitirme mostrar mi número en público. Eso fue en 1927, el año de Babe Ruth y Charles Lindbergh, precisamente el año en que la noche empezó a caer sobre el mundo para siempre. Lo representé hasta pocos días antes del crac de octubre del 29, y lo que hacía era más grande que nada de lo que esos caballeros hubiesen podido soñar. Hacía lo que ningún norteamericano había hecho antes que yo y nadie ha hecho desde entonces.

27 Agosto, 2006 Publicado por berta

Aranmanoth (Ana María Matute, 2000)

Durante los primeros años de su vida, cuando aún no le habían apartado de su madre, Orso creyó oír voces. Eran voces misteriosas y no humanas, voces que se adentraban en el silencio, que revoloteaban a su alrededor y se introducían en su mente encendiendo su curiosidad. De ellas hablaban las sirvientas en las noches junto al fuego, cuando el crepitar de los leños, el rumor de las ruecas y sus conversaciones permitían a Orso desvelar algunos de sus más escondidos secretos. Él respetaba esos secretos, los buscaba y los deseaba. Pero nunca llegó a desentrañarlos del todo ni a hacerlos suyos. Eran secretos de mujeres, y él no era más que un niño que sentía cómo la sed de conocimientos crecía en su interior.
Ellas hablaban, al parecer, de un tiempo que se perdía en la memoria de los humanos. Orso, que fingía dormir, agazapado, de tanto en tanto aparecía inesperadamente entre ellas, que le acogían alborozadas. Y una noche oyó decir a su madre: “Son las voces que se pierde el Tiempo en su tejer y destejer al derecho y al revés…”.
Años después, cuando, muy lejos de su casa, se aprestaba a ser nombrado caballero, Orso creyó olvidar esas voces. Pero, tras el anuncio de la muerte de su madre, regresaron a su memoria, y de nuevo se avivaron en él la necesidad de saber y el suave y misterioso temblor de aquellos días en que aún era un niño.
No tuvo mucho tiempo para meditar sobre estos asuntos. Porque en el mundo de los hombres, donde Orso habitaba, vivía y se entrenaba para ser como ellos, y raramente tenían cabida cavilaciones acerca de sentimientos, voces y secretos.

25 Agosto, 2006 Publicado por marta

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