Mensajes archivados en 'Poemas'

Amor a primera vista (Wislawa Szymborska, 1993)

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún “lo siento”
o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

El poema aquí incluido (en versión de Abel A. Murcia), de la Premio Nobel polaca Wislawa Szymborska, pertenece al volumen “Fin y principio”.
He llegado a él porque expresa, en palabras de K. Kiewslowski, “una idea próxima a la de la película ‘Tres colores: Rojo’”, película de la que publiqué un fotograma hace, aproximadamente, una semana.
Como parte del dossier de prensa francés, aparece incluido en el volumen “Tres colores: Rojo. Estudio crítico”, de Salvador Montalt (donde yo lo encontré, aunque en otra traducción).

12 Julio, 2006 Publicado por alex

Rosa gnóstica (Ramón María del Valle-Inclán, 1920)

Nada será que no haya sido antes.
Nada será para no ser mañana.
Eternidad son todos los instantes
que mide el grano que el reloj desgrana.

19 Mayo, 2006 Publicado por berta

Pequeños poemas en prosa (Charles Baudelaire, 1869)

Es muy fea. ¡Y a pesar de ello es deliciosa!
El Tiempo y el Amor la han marcado con sus garras y le han enseñado cruelmente lo que cada minuto y cada beso se llevan de juventud y de frescura.
Es verdaderamente fea; es hormiga, araña, si queréis hasta esqueleto: ¡pero también es brebaje, magisterio, hechizo! En suma, es primorosa.
No pudo el Tiempo destruir la armonía chispeante de su andar y la elegancia inalterable de su figura. El Amor no pudo alterar la delicadeza de su aliento infantil, y el tiempo nada arrancó de su abundante crin, que exhala en leonados perfumes toda la vitalidad endiablada del Mediodía francés: Nimes, Aix, Arles, Aviñón, Narbona, Tolosa, ¡ciudades benditas del sol, enamoradas y encantadoras!
Vanamente la mordieron con buenos dientes el Tiempo y el Amor; en nada redujeron el encanto vago, pero eterno, de su pecho de doncel.
Gastada quizá, pero no agotada, y siempre heroica, hace pensar en esos caballos de raza fina que los ojos del verdadero aficionado distinguen aunque vayan enganchados a un coche de alquiler o a un lento carromato.
¡Y es, además, tan dulce e impetuoso! Quiere como se quiere en otoño; diríase que la proximidad del invierno prende en su corazón un fuego nuevo, y nada de fatigoso hubo jamás en lo servil de su ternura.

10 Marzo, 2006 Publicado por berta

Árboles hombres (Juan Ramón Jiménez)

La soledad era eterna
y el silencio inacabable.
Me detuve como un árbol
y oí hablar a los árboles.

21 Enero, 2006 Publicado por marta

Annabel Lee (Edgar Allan Poe, 1849)

Hace ya muchos, muchos años,
en un reino junto al mar,
vivía una muchacha, cuyo nombre
os daré a conocer: Annabel Lee,
la cual no tenía otro pensamiento
que el de amar y ser amada por mí.

Yo era un chiquillo y ella una chiquilla
en este reino junto al mar;
pero nos amabamos con un amor que era más que amor
yo y mi Annabel Lee,
con un amor que hasta los serafines
nos envidiaban, a ella como a mí.

Y esa fue la razón de que hace tiempo,
en este reino junto al mar,
soplara el viento de una nube helando
a mi bella Annabel Lee;
que sus padres de origen noble
se la llevaran lejos de mí
y fueran a enterrarla en un sepulcro,
allá en un reino junto al mar.

Angeles infelices en el cielo
nos envidiaban, a ella como a mí,
y esa fue la razon -todos lo saben
en ese reino junto al mar-
por la cual salió el viento de esa nube, de noche,
helando y matando a mi Annabel Lee.

Pero fue más fuerte nuestro amor,
que el de aquellos, más grande,
y ni los serafines arriba en el cielo
ni los demonios abajo en el mar,
podrán mi alma separar del alma
de mi bella Annabel Lee.

Ya que no brilla la luna sin traerme
los sueños de la bella Annabel Lee,
y las estrellas no aparecen nunca
sin la mirada fiel de la bella Annabel Lee,
y así durante el flujo y el reflujo,
duermo junto a mi esposa Annabel Lee,
en el triste sepulcro abandonado,
en nuestra tumba, allá en el mar.

2 comentarios 24 Diciembre, 2005 Publicado por berta


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