Epílogo: una definición (Wikipedia)

En el momento de escribir esta entrada, el artículo correspondiente a “Heterónimos” en la Wikipedia en castellano comienza así:

Por heterónimo se entienden el autor ficticio o pseudoautor que es también personaje y del que se valen ciertos autores reales, llamados ortónimos, para crear una obra literaria paralela o distinta a la suya.

El mayor y más famoso ejemplo de producción de heterónimos es el del poeta portugués Fernando Pessoa, que creó a los autores Ricardo Reis, Álvaro de los Campos, Alberto Caeiro y Bernardo Soares, entre muchos otros de menor importancia y desarrollo, algunos de ellos femeninos, hasta un número total de 70, escribiendo una obra poética para cada uno y dotándolos de distintos caracteres que fraguasen lo que él llamó “drama em gente”. Son, por así decirlo, una especie de alter ego u otro yo del autor.

Los heterónimos no deben ser confundidos con los pseudónimos, pues estos últimos son tan sólo nombres falsos con los cuales se firma una obra sin que intervengan directamente en ésta […]

¿Por qué he seleccionado esta entrada de la Wikipedia? Pues, porque da pie a desvelar el juego que durante un año vengo llevando a cabo en unaaldia.net ; y es que, efectivamente, los supuestos publicadores de esta bitácora, Alex, Marta y Berta, no existen, sino que son los heterónimos de un único publicador.

Cuando comencé unaaldia.net, dado que mi única labor iba a ser la de seleccionar y publicar los textos e imágenes de otros, decidí acometer la pequeña tarea creativa de dar vida a tres personajes (Alex, Berta y Marta) y que, en cierta manera, estos pudieran tener una personalidad propia, ser reconocibles mediante sus gustos e inquietudes, definidos por los contenidos que han ido seleccionando y publicando cada uno de ellos.
No sé si lo habré conseguido (supongo que en parte sí, pues algunos lectores me han comentado su preferencia por los contenidos de tal o cual de los heterónimos); es más, ni siquiera sé si la mayoría de los lectores se han fijado en quién publicaba cada entrada o sólo miraban/leían esta, sin más.
Aunque, en mi cabeza, eran más complejos (incluyendo las relaciones entre ellos), para la creación de estos tres personajes partí de tres arquetipos: así, cada uno de ellos se podría ver identificado por un único adjetivo calificativo (o, al menos, esa fue mi pretensión); tres adjetivos que, casualmente, comienzan todos ellos por la misma letra…

Y, ¿por qué desvelo esto hoy? Pues, porque esta es la última entrada de unaaldia.net ; bueno, realmente, la última entrada fue ayer, esta es el epílogo. Y es que justo hoy se cumple un año desde el comienzo de este proyecto.
No desde el primer día, pero sí desde muy poco tiempo después, estaba decidido que la duración de unaaldia.net sería limitada, sería un año.
Y, la verdad, es que cada vez ha sido más difícil. La obligación de publicar todos los días un contenido se iba complicando más y más, sobre todo dado que, salvo excepciones, evitaba repetir los autores de textos e imágenes. Sólo a partir de agosto, y para no complicarme mucho en vacaciones, me he lanzado a repetir autores sin pudor.

Supongo que más de uno ya había adivinado por sí solo el juego de la autoría (y no vale que os incluyáis los pocos, no más de 10 ó 15, a quienes os lo había dicho yo); además, durante las diez últimas entradas he estado dejando pistas, algunas de ellas muy evidentes:

- Las pinturas del martes, 5 y del jueves, 7 (“Thalia, musa de la comedia” y “Enmascarados”) hacían referencia a la ocultación de la persona tras una máscara.
- El texto del miércoles, 6 (“La cultura”) incluía el siguiente fragmento: “De esto se aprovechan especialmente los impostores y quienes gustan de tomar el pelo a los demás, de modo que cada cual puede inventar sus propias citas. Así: como dijo Goethe: “Mentes tan ingeniosas merecen ser recompensadas”. Nadie podrá demostrar inmediatamente que Goethe nunca dijo tal cosa, y sería absurdo abrir un debate imposible de zanjar.”
Y es que los engaños no sólo se han limitado a Alex, Berta y Marta, sino que ha habido un segundo nivel de engaño. Dos de las entradas (“Cons-ciencia ficción” y “El momento del despegue”) han sido escritas por mí. En ellas se esconden mi nombre y apellidos, mi año de nacimiento y algún dato profesional entre los nombres de autores, de traductores, de editoriales, bajo pequeños juegos de palabras (aunque, eso sí, no tan buenos como el anagrama Vivian Darkbloom usado por Vladimir Nabokov; los usados por mí apenas si son similitudes lejanas).
- En “Los propios dioses” (domingo, 10) y la página seleccionada de “El prolongado sueño del Sr. T” (sábado, 9) se jugaba con la idea de “un ser está dividido en tres sub-seres, cada uno con su personalidad y características” (idea mucho más que evidente si se leen ambas obras, pero no tanto en un fragmento).
- El fragmento de “Diario para Eliza” (viernes, 8 ) es revelador en su comienzo: “Este diario, escrito bajo los nombres ficticios de Yorick y Draper –y en ocasiones de Bramin y Bramine- […]”.
- El lienzo del lunes (“Despedida en el Mersey”) ya anticipaba el adiós.
- El texto del martes (“Diario de Zürich”) hablaba sobre el cierre un proyecto en el que se lleva bastante tiempo inserto.
- El cuadro de ayer, “Mujer con sombrilla”, servía como punto y final simétrico del proyecto, pues la primera entrada de unaaldia.net, “La promenade”, también era un Monet, también una mujer con sombrilla.

Ahora sí, me despido, un saludo.

PD.: gracias a los lectores, gracias (adicionales) a los que además han escrito comentarios, y gracias (adicionales) a los que han propuesto algún contenido para su publicación.
PD. (bis): y, perdón a aquellos que, en cierta forma, se han podido sentir engañados; especialmente a aquellos con los que he cambiado correos (y más especialmente, a aquellos a los que he enviado correos bajo dos heterónimos distintos). A la hora de enviarlos, el juego podía más que el remordimiento por el engaño.

Actualización (18 de mayo de 2007): una nueva andadura, distinta, claro, en http://anotaciones.unaaldia.net/
Actualización (11 de noviembre de 2007): otro blog en el que participo http://www.cocinadelsol.com/

20 comentarios 14 Septiembre, 2006 Publicado por Juan Ignacio

Mujer con sombrilla (Claude Monet, 1886)

1 comentario 13 Septiembre, 2006 Publicado por marta

Diario de Zürich (Javier Marías, 1997)

Lo más desazonante de acabar una novela es, con todo, la idea de clausurar un mundo más o menos ficticio que uno ha mantenido abierto durante meses o años, y en el que ha pasado parte de cada día de un muy largo tiempo. En las jornadas siguientes hay una sensación de despedida y también de no pisar ya terreno firme. Uno ve la máquina y siente el impulso de ir hacia ella, hasta que en seguida se acuerda de que ya no lo llama. En realidad no suele haber ningún motivo demasiado poderoso para cerrar una novela ni un mundo, seguramente es sólo el cansancio. Todo podría continuar, y la prueba es que aquellos autores que lo permitieron, como Conan Doyle con su universo de Sherlock Holmes, hubieron de matar al personaje para poder detenerse y salir del encantamiento. Otro tanto podría haber sucedido con Don Quijote, cuyas aventuras y voluntaria locura no tenían un fin obligado, si acaso el del propio Cervantes o el de sus lectores. Y sin embargo lo natural es cerrar, y uno sabe entonces que lo probable será no volver a encontrarse con las criaturas de papel y tinta que lo acompañaron durante tanto tiempo, ni proseguir su historia. Pero todavía hay algo más raro al término; la repentina conciencia de que lo que aún era secreto y sólo proyecto hasta hace bien poco, vaya a ser compartido muy pronto por cualquier con treinta francos en el bolsillo.

Lo anterior es parte de la entrada correspondiente al 3 de marzo de 1997 del “Diario de Zürich”, publicado por Javier Marías durante varios meses en la publicación alemana “Weltwoche”.
La versión castellana se encuentra incluida en el volumen “El pensamiento literario de Javier Marías”.

12 Septiembre, 2006 Publicado por alex

Despedida en el Mersey (James Tissot, c. 1881)

1 comentario 11 Septiembre, 2006 Publicado por marta

Los propios Dioses (Isaac Asimov, 1972)

Siempre que nos fusionamos, siempre que el tríade se fusiona, nos transformamos en un Ser Duro. En el Ser Duro hay tres seres, lo cual hace que sea Duro. Durante el periodo de inconsciencia en la fusión, somos un Ser Duro. Pero es una cosa temporal, y después no podemos recordar aquel periodo. Nunca podemos continuar siendo un Ser Duro por mucho tiempo; tenemos que volver. Pero nunca dejamos de desarrollarnos, y este desarrollo tiene sus etapas bien marcadas. Cada niño que nace marca una etapa. Con el nacimiento del tercero, la Emocional, se presenta la posibilidad de la etapa final, cuando la mente del Racional, por sí misma, sin las otras dos, puede recordar estos fragmentos de existencia como Ser Duro. Entonces, y sólo entonces, puede conducir a una fusión perfecta que formará para siempre el Ser Duro, para que el tríade pueda vivir una existencia nueva y unificada de estudio e intelecto. Ya te dije que desaparecer era como nacer de nuevo. Entonces me imaginaba algo que no comprendía, pero ahora lo sé.

Más información sobre la novela “Los propios Dioses” en el siguiente artículo de la Wikipedia.

10 Septiembre, 2006 Publicado por alex

El prolongado sueño del Sr. T. (Max, 1998)

9 Septiembre, 2006 Publicado por alex

Diario para Eliza (Laurence Sterne)

Este diario, escrito bajo los nombres ficticios de Yorick y Draper –y en ocasiones de Bramin y Bramine- es, en realidad, una relación periódica de los amargos sentimientos de alguien separado de una dama por cuya compañía se consumía.
Los nombres verdaderos son extranjeros, y lo que se narra una copia de un manuscrito francés en posesión del Sr. S…, escrita tal y como se presenta, para ocultar la identidad de aquellos. Existe una contrapartida, que es la narración por parte de la dama de las acciones que sucedían diariamente y de los sentimientos que ocupaban su espíritu, durante esa separación de su admirador; vale la pena leerlos… El traductor no puede decir lo mismo de la de Yorick, que al parecer no tiene gran mérito, aparte de su sinceridad y honestidad.

8 Septiembre, 2006 Publicado por marta

Enmascarados (Raimundo de Madrazo y Garreta, c. 1900)

7 Septiembre, 2006 Publicado por marta

La Cultura (Dietrich Schwanitz, 2003)

En la comunicación directa, la cita suele funcionar como una especie de guiño entre los hablantes: “Nosotros nos entendemos perfectamente, ¿verdad?”. Puede resultar muy molesto que alguien nos haga un guiño y que nosotros no sepamos qué nos quiere decir. Así nos sucede cuando tenemos la impresión de que alguien está citando, pero no sabemos exactamente qué. En esta situación es aconsejable que nos comportemos como cuando se nos hace un guiño: que sonriamos con complicidad y finjamos saber qué se nos quiere decir. En cualquier caso, lo que nunca hemos de hacer es asustarnos o pedir precipitadamente una explicación. Basta con que esperemos un poco, pues normalmente el propio desarrollo de la conversación se encargará de aclarar el asunto. Los sociólogos han acuñado un concepto para caracterizar este tipo de táctica: la denominan “el principio etcétera”. Este principio hace referencia a la capacidad que todos tenemos para tolerar cierto grado de incertidumbre en la comunicación, confiando en que pronto se aclarará todo. Este principio se considera un principio realista. En el ámbito de la cultura, la perfecta aplicación del principio etcétera requiere de una inmensa capacidad para tolerar la incertidumbre. Si el discurso cultural se presta tanto al engaño, es precisamente porque todos nosotros disponemos de tal capacidad para tolerar la incertidumbre. De esto se aprovechan especialmente los impostores y quienes gustan de tomar el pelo a los demás, de modo que cada cual puede inventar sus propias citas. Así: como dijo Goethe: “Mentes tan ingeniosas merecen ser recompensadas”. Nadie podrá demostrar inmediatamente que Goethe nunca dijo tal cosa, y sería absurdo abrir un debate imposible de zanjar.

Recomendado por José Javier Guillén.

6 Septiembre, 2006 Publicado por Una al día

Thalia, musa de la comedia (Jean Marc Nattier, 1739)

1 comentario 5 Septiembre, 2006 Publicado por marta

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